Tal cual hicimos el año pasado, con mis amigos nos íbamos a ir dos semanas a Brasil, era un viaje que teníamos planeado hace dos meses. Pero el 2009 venía con muchos cambios, uno de ellos fue una oportunidad laboral que me obligó a reprogramar esas vacaciones. Dado que estábamos sobre la fecha, tuve que bajarme. Mi familia ya tenía planes y mi novia se iba al sur con una amiga, lo que indicaba que mis vacaciones iban a ser simplemente una semana sin trabajar.
Pero por esas cosas de la vida, los planes de mi novia también se modificaron y se dió con que no podía viajar a último momento.
Vamos a las Sierras, propuso.
Sinceramente, odiaba la idea de ir a pasar mis vacaciones a las Sierras de Córdoba. Tenía rechazo. De hecho, solo conozco algunos lugares muy puntuales, y la mayoría se debe a que ahí se corre algún tramo del Rally.
Prejuicios de lado, nos decidimos por Villa Rumipal. Teníamos buenas referencias. Era viernes al mediodía, nos quedaban solo dos días para organizarnos. Luego de llamar a medio Valle de Calamuchita, Internet mediante, dimos con un antiguo hotel alemán, Seeblick. Bingo. Llamamos e hicimos la reserva con el cocinero.
Martes 13, si, martes y 13, salimos hacia allá.
Llegamos, el Hotel era genial, seis hectáreas de parque, piscina, buena atención y una historia que contar. Seeblick significa Vista al Lago, es un complejo que fue construido en el año 1938 por inmigrantes alemanes que llegaron al Valle de Calamuchita.
El hotel tiene un montón de detalles de la época, han recuperado objetos, muebles y hasta pudieron rescatar libros que estaban escondidos, que en ese entonces estaban prohibidos. La mayoría de los documentos están en alemán, así que solo hojeamos algunos libros de Registro de Pasajeros que estaban en español.
En siete días no tuvimos una nube. El clima fue perfecto. El balneario muy bien cuidado. El lago es muy limpio, personalmente si no es mar, prefiero piscina, pero tengo que reconocer que me esperaba un charco de barro y me di con un señor lago.
Villa Rumipal es un lugar para ir a descansar. Hay paz. No pasa nada. De noche, a excepción del eventual mosquito mutante, se duerme bien. Es un lugar donde todavía queda gente buena. Donde no importa a que hora pases, siempre hay alguien que te invita un mate, una guitarra tocando Lamento Boliviano y un vendedor ambulante, de esos que se saben todos los piropos.
No eran las vacaciones que tenía planeadas, eran las vaciones que necesitaba.


